Cada vez tenía menos oportunidades para lucirse, ¿cómo iba a demostrar que era el macho alfa si yo no permitía el contacto? Mencionar que estoy dejando a un lado las cosas que hacía en casa, porque esas son historias para no dormir. De momento me centraré solo, como si fuera poco, en su faceta de acosador.
Sus intentos de interacción no cesaban, seguía apareciendo en la cocina cada vez que yo llegaba. Intentaba conversar conmigo cada vez que me veía. Seguía usando el baño cuando yo salía de él. De hecho, empezó a usarlo algunas veces antes que yo. Y al final yo terminaba golpeando la puerta después de media hora o incluso 40 minutos esperando a que saliese, diciendo que tenía que irme al trabajo y que dejara de acaparar el baño. Salía del baño y con su sonrisilla de imbécil decía que lo sentía.
Mi repulsión hacia él no hacía más que crecer y después de varias discusiones conmigo y otros miembros de la casa, todo el mundo le evitaba. Él no sólo no cambió nada, sino que además seguía en sus trece, generando conflicto casi a diario. Pero oye, que los malos éramos nosotros, los 4, no él.
Él por su parte seguía sonriéndome y haciendo todo lo que podía para mostrarse amable. A pesar de habernos tirado de los pelos por WhatsApp, o en mi caso, haberle cantado las 40 en persona más de una vez. Disprosio vivía en su propia fantasía. No había por dónde cogerle.
En un momento de lucidez de su cerebro, algo inaudito, se le ocurre una nueva forma de conquista. Abrir la puerta de la cocina 2 milímetros para que yo pasara con la bici. Me explico: a mi casa entras, pasas el recibidor y está la cocina/salón/zona común de la casa, y al fondo de la cocina hay un cuartito de almacenamiento. En ese trasterillo es donde guardamos las bicis y otros trastos, además de que tiene un pequeño lavamanos. De modo que cada vez que salía o entraba con la bici, tenía que pasar por la cocina.
La primera vez que lo hizo le di las gracias sin mirarle. Debe ser que lo tomó como una motivación para seguir haciéndolo cada día. Nivel que a veces estaba comiendo y se levantaba de un salto y corría a sujetar la puerta. A la puerta de la cocina no le pasaba nada, la bici cabía perfectamente, únicamente se sujetaba para evitar rozarla con el manillar. Era abrir una puerta que ya estaba abierta. Era más el gesto de "déjame que te ayudo porque soy un caballero" que otra cosa. Pero a la vez era una forma de estar cerca e invadir el espacio personal. Una abertura de puerta estándar, la bici, yo y el retrasado este. Demasiada cercanía. Le dije que no necesitaba ayuda, no le miraba, le ignoraba...
Además, calculaba a la hora que yo debía volver del trabajo. Sabía que si me iba a determinada hora, volvería 8 horas más tarde. De modo que cuadraba sus horarios para estar en la cocina cuando yo llegase y así sujetar la puerta. Así que empecé a dejar la bici en el recibidor y subirme a mi cuarto. Y cuando se había largado de la cocina, ya la pasaba al trasterillo. Aún así, alguna vez más lo hizo. Hasta que me tenía tan hasta el ñoco que le dije que parase, que no volviese a sujetar la puerta, que me dejase en paz, que hiciese como si yo no existiera.
Porque mientras sus muestras de "preocupación" no cesaban, él seguía liándola cada día. Los otros compañeros flipaban también y nos preguntábamos cómo podías estar normal con alguien o pretender ser un galán si estabas discutiendo por WhatsApp hace unas horas. Lógica disprosil, no le busques una explicación humana.
...
Yo estaba siendo un hueso duro de roer, pero como dicen los machirulos: "quien la sigue, la consigue". Y que si una mujer dice que no, en el fondo quiere decir que sí, pero se está haciendo la difícil. Y demás pensamientos misóginos, ideología base de Disprosio. Porque en qué cabeza cabe después de meses de desprecios, de decirle a la cara que me dejase en paz, de decirle que se fuera a la mierda... Él seguía al pie del cañón. Me faltaba escupirle a la cara y patearle las pelotas. Y seguro que seguiría pensando que yo estaría ya a puntito de caer.
Se le acababan las ideas, tenía que ser rápido antes de que otro hombre me pudiese hacer de su propiedad. Así que en uno de sus arrebatos de caballerosidad, decidió ayudarme con la colada.
Como me encanta tener todo bajo control, el tema lavadoras no es una excepción. Calculo cuánto tarda la lavadora y cuánto la secadora. Así estoy pendiente de cuándo paso la ropa de una máquina a otra. Evito ocuparlas más tiempo por si alguien más tiene que poner un lavado, no dejo que la ropa se quede húmeda ni coja olor y aprovecho el tiempo. No dejo la ropa en la secadora, horas o días, deporte favorito de muchos, por cierto.
Bajo a la cocina ya que el programa de la lavadora había acabado hacía unos 5 minutos y mi sorpresa es mayúscula cuando veo que mi colada está dando vueltas en la secadora. No me gusta que toquen mis cosas en general o que se metan en mis asuntos si no lo he pedido expresamente. A mí me gusta sacudir bien la ropa húmeda antes de ponerla en la secadora, para que se seque bien y queden la menor cantidad de arrugas posibles. Y además, puede que haya prendas que haya que secar al aire porque con máquina se estropean. Pues no, ahí estaba mi ropa secándose y no había sido yo.
Y llega la aparición estelar: Disprosio entra a la cocina. Me giro a punto de saltar a su yugular y le digo que si ha sido él. Super orgulloso sonriendo de oreja a oreja dice que sí. Esperaría un beso, un "gracias, mi amor", "qué bueno eres"... Pero mi respuesta fue decirle que jamás en su vida se atreviese a tocar mi ropa o cualquier otra de mis pertenencias. Que no se lo iba a repetir más. Se le borró la sonrisa. Y yo acabé metiendo la ropa de nuevo a lavar, me dio tanto, pero tantísimo asco... Lo peor de todo: era una lavadora llena de mis tangas y sujetadores de encaje.
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