Después de ese día supe que Disprosio iba a ser un anormal de carrito. Sin lugar a dudas. Pero no quería decir nada a los otros compañeros de casa porque yo acababa de llegar y no quería hablar mal de nadie ni generar conflictos. Así que me desahogué con mis amigas, ellas, mi lugar seguro. Y me confirmaron lo mismo, que este ser tenía tarita.
Las semanas transcurrieron con normalidad. Yo estaba medianamente bien: trabajaba, salía con mi nuevo grupo de aquí, paseaba, comía cosas ricas y descubría cada rincón de la ciudad. No podía quejarme, la verdad. Poco a poco iba recuperándome de la depresión y haciéndome a la vida en otro país. La experiencia era positiva y yo realmente necesitaba ese escape de mi antigua realidad.
Para mis amigos y seres queridos, yo era una valiente: había puesto mi vida en una maleta de 20 kg y una mochila de acampada. Sin saber si mi plan iba a funcionar o después de unos meses tendría que volver a casa de mis padres. Pero para Disprosio, yo era una mujer sola, a sus ojos un objeto, algo inferior, recién llegada, en un país que no era el mío, nueva, una damisela en apuros. Alguien que, según él, pedía ayuda a gritos. Pero no cualquier ayuda, SU ayuda.
...
Quizá para entender cómo funciona la lógica disprosil (de Disprosio), hay que entender su historia. Y cuando digo entender, es saber de dónde viene su ida de olla, no tenerle lástima porque no la merece. Disprosio se mudó a Irlanda con la intención de estudiar un doctorado y encontró una habitación libre en esa casa. La pareja que estaba al cargo se la dio sin saber lo que vendría después. Además, ella también era vietnamita y esa empatía por ayudar a alguien de tu país sale a flote. Y los tres estaban estudiando doctorados, en diferentes carreras, pero eso también generaba solidaridad. Su rutina era ir a la universidad y volver a casa a encerrarse en su cuarto. No hacía más. Apenas cocinaba, no salía. Parecía que no iba a dar problemas, parecía.
Antes de que yo llegase, estuvieron viviendo juntos por unos años; la pareja dice que él siempre fue rarito, pero sin más, cada uno iba a su bola. Alguna vez le habían tenido que regañar por cosas de la casa de ruidos o de escasa limpieza, pero se entendía como cosas de la convivencia.
Disprosio tenía novia, pero ella estaba en Vietnam, esperando paciente a que él volviese con su título de doctor bajo el brazo. Y en uno de sus viajes allí para ver a la familia, tuvo un accidente de moto. Estuvo en coma y le abrieron la cabeza para una intervención. Se salvó, aunque le quedaron secuelas como una cicatriz enorme en la nuca y perdió movilidad, especialmente en un brazo.
La pareja desde Irlanda, guardó sus cosas en cajas y le prometió que tendría su habitación cuando volviese, pero que hasta entonces, tenían que alquilarla a petición del casero. Él aceptó porque no iba a pagar el alquiler mientras no estuviese. Y esa fue la situación durante unos meses. Hasta que él avisó que volvía.
Llegó cambiado, ya no solo por sus secuelas tras el accidente, estaba cambiado para peor. Les contó su odisea, su supervivencia, lo mal que lo había pasado. Y sobre todo, lo horrible que era su novia que le había dejado porque era una mujerzuela. Desde entonces todo giraba en torno a él, el trato de favor que pretendía tener y lo mucho que se merecía las cosas, más que nadie. Si habéis visto la serie Friends, cuando Phoebe usa la excusa de que su madre se ha suicidado para conseguir lo que quiere, pues lo mismo.
Todos en casa tuvieron paciencia con él y mucha manga ancha, pero hay una cosa muy clara: si no puedes vivir solo, no vivas solo. Al cabo de un tiempo, se cansaron, especialmente por su actitud de mierda. Le dijeron que por qué no volvía a Vietnam hasta que se recuperase por completo. Que si no podía gestionarse solo, debería pedir ayuda a su familia, pero que ellos no podían tomar la responsabilidad de cuidar o de hacer sus tareas porque no les correspondía. Él se ofendía y decía que no era ningún discapacitado y que estaba muy ocupado sacándose el doctorado.
Se volvió más cerrado de mente si cabe, más egoísta, más sucio, más desastre, más condescendiente con los de casa. Es decir, ya venía de serie así, pero el accidente lo agravó. Hay gente que sufre una desgracia o un susto y lo toma como un punto de inflexión para cambiar, cuidarse, mejorar hábitos, vivir, disfrutar. Que aún sabiendo lo que tienen encima, deciden vivir cada día como si fuera el último. Él no, él tenía la excusa perfecta para comportarse como un subnormal y que se le perdonase todo porque "casi se muere".
Si su actitud como compañero de piso era insufrible, no os podéis imaginar cómo trataba especialmente a las chicas. A la chica vietnamita, la consideraba una traidora, porque había aceptado inquilinos de cualquier nacionalidad. Y según Disprosio, la casa debería ser solo para vietnamitas para poder vivir en su cultura. Además, que estaba saliendo con un español, ¿cómo se atrevía? Él pretendía vivir en una casa llena de compatriotas y que las mujeres cocinasen y limpiasen todo, como la tradición mandaba. Vivía en Irlanda, recibía dinero irlandés por estar investigado, el país le había acogido como a uno más... pero él odiaba todo lo europeo.
¿Pero qué pasaba con las otras chicas que vivían en casa? Ellas, en su mayoría europeas, no eran traidoras, eran objetivos. Él estaba soltero ahora, tenía a las chicas en casa, le caían del cielo, y como no hacía nada más que ir a la universidad y encerrarse en su cuarto, carne fresca a domicilio. Él las veía vulnerables, tontas, presas fáciles... Y sacaba sus cartas de "deja que ya te enseño yo". Yo soy el macho que sabe de todo y voy a ser tu príncipe azul que te rescate de las garras de la soltería. Básicamente Disprosio buscaba pareja, pero traducido a la realidad, quería una criada que le cocinase y limpiase, porque es lo que una buena mujer hace, ¿verdad?
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Aquí es donde la historia comienza a ponerse oscura. Sin saberlo, y sin quererlo, me convierto en el objetivo disprosil. Las dos únicas mujeres de casa en ese momento eran la vietnamina, saliendo con el compañero español y por lo tanto "propiedad" de otro hombre. Y la chica india, que sudaba de él y que no era un buen objetivo porque no era europea. Así que mi llegada le da la oportunidad de sacar de nuevo sus armas de seducción.
Aparte de los mensajes cansinos sobre el trabajo y la bicicleta, su actitud pasa a ser incómoda. Como he mencionado antes, su vida era ir a la universidad y volver a casa. Nadie más se lo cruzaba por la zona común, la cocina. Pero casualmente, cada vez que yo llegaba del trabajo, cada vez que bajaba a cenar, cada vez que iba a hacerme un té... Ahí estaba él. Intentaba darme conversación cada vez que me lo cruzaba, pero entre que me caía mal, era raruno, no le entendía y quería estar a mi bola, yo no le daba conversación. Me limitaba a responder el saludo o a responder dos frases. Pero él erre que erre. Así que adopté la técnica de los cascos: llevar cascos cada vez que estaba por ahí aunque no estuviera escuchando nada.
¿Creéis que funcionó? ¿Qué paró de hablarme? ¿Qué respetó que yo quisiera estar tranquila? No, para él, mi voluntad no importaba. Su objetivo era conseguirme e iba a hacer todo lo posible para ello. Es que me hablaba aunque yo llevase los cascos. Y empezó a ponerse peor... También sus horarios, "casualmente", empezaron a coincidir con los míos.
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