Era mi segundo día en la casa compartida y apareció él, mientras yo estaba en la cocina con los otros compañeros. Un chico de 28 años, vietnamita, de cuerpo pequeño, de aspecto dejado, con una mirada que daba mal rollo, abrió la boca y dijo algo en inglés, no le entendí, pero sonreí y con educación le dije que encantada. Ahí estaba mi primera interacción con Disprosio.
Durante los primeros días no hice mucho caso, ya bastante tenía encima con empezar a construir una vida en otro país, en una lengua que no era la mía, asentándome en la casa nueva y haciéndome a la nueva etapa que empezaba. Yo tenía 29 años, una carrera y un máster con honores, muchas titulaciones y muchos más aún rechazos de las cientos de empresas a las que había echado mi CV para conseguir un trabajo.
Por eso me fui, con la esperanza de tener un futuro, ni siquiera un futuro mejor, solo un futuro. Una esperanza. Y de paso huir de mi hogar desestructurado e intentar salvarme a mí misma de la depresión que tenía y que me había llevado a buscar cómo era la muerte dulce porque no aguantaba más.
Tenía la suerte de tener a una amiga de la infancia aquí, fue quien me acogió en su sofá hasta que por Facebook encontré el post de la habitación disponible. Me ayudó mucho y no me dejó sola ni un momento. Y me dio todos los consejos posibles para hacerme a la vida irlandesa de la forma más sencilla posible.
Era afortunada porque además de venir con un nivel de inglés bastante decente, me había informado mucho y tenía toda la experiencia de mi amiga. Así que nada me pilló por sorpresa. Sabía qué trámites hacer, cómo moverme por la ciudad y lo que iba a necesitar los primeros meses.
En la casa compartida hice buenas migas con la pareja que estaba al mando. Él español, ella vietnamita. Nivel que un par de años más tarde le ayudé a él a elegir el anillo de pedida y fui a su boda, además de ser la cuidadora oficial de sus gatos cuando se iban de vacaciones. La otra compañera era una chica india que trabajaba desde casa e iba bastante a su bola. Y Disprosio, siempre purulando por ahí.
Cabe decir que era mi primera vez "independizada", pasé de vivir en casa de mis padres a una casa compartida donde éramos 5 personas bajo el mismo techo y un solo baño. Por cierto, ahí sigo, nuevos compañeros, habitación más grande y yo al cargo de la casa.
Me adapté bien y el hecho de tener normas en el hogar facilitaba la convivencia. Normas generales en cuanto a limpieza, ruido y respeto a los otros inquilinos. Y tareas que rotaban cada semana: limpiar el baño, guardar los platos, sacar las basuras y limpiar la cocina. Soy disciplinada y respetuosa, así que para mí seguirlas era algo normal.
Pero ya sabemos que siempre tiene que haber una oveja negra. Después de casi 5 años compartiendo casa, me he topado con gente imbécil y egoísta con avaricia. Da igual edad, género, nacionalidad, profesión... Siempre tiene que haber alguien que rompa con la armonía y en este caso Disprosio sería el protagonista. Hasta la fecha puedo decir que ha sido el peor de todos y con diferencia.
...
Habían pasado unas semanas desde que vivía allí y Disprosio aparecía frecuentemente por la cocina/salón (nuestra zona común de la casa). Siempre que hablaba, tenía que intuir qué decía porque no había forma de entender ni una palabra. A mí me daba vibes rarunas, había algo que no me gustaba y aunque vaya a arder en el caldero de Satán... a la criatura parecía que le faltaba un hervor... o unos cuantos.
La nueva vida aquí parecía que se encauzaba. Gracias a una conocida que me había presentado mi amiga, conseguí una entrevista de trabajo y me dieron el puesto en un hotel como asistente de redes sociales. También me había comprado una bicicleta ya que era la mejor forma de moverse por la ciudad. La pedí online porque encontré una oferta, solo que iba a tardar unos días hasta que la trajeran y montasen. Tenía mi número de teléfono irlandés, me abrí una cuenta en el banco, pedí mi número de la Seguridad Social... Viento en popa a toda vela.
Una tarde que estaba tranquila en mi cuarto, recibo un mensaje. Disprosio me contactaba por WhatsApp, consiguiendo mi número del chat grupal de la casa. Marcándose un buen mansplaining, me dice cómo encontrar trabajo, en qué páginas buscar y que le pida ayuda en lo que necesite. Le di las gracias porque pasaba de explicar que ya tenía trabajo. Además, me había dado mal rollo porque había usado mensajes muy largos explicándome cosas muy básicas como si yo fuese tonta.
Dos días después, recibo otro mensaje suyo. De nuevo, larguísimo. De esos mensajes que agobian ya de lo intensos que son. Diciendo que me vendría bien una bicicleta, que si no quiero gastar puedo mirar en las páginas de segunda mano y que él puede ser "mi guardia" para que no me estafen. Y que, por supuesto, cuando tenga mi bici podemos ir de paseo juntos ya que él tiene la suya. (Bicicleta que llevaba años en el trasterillo sin usar, sin aire en las ruedas y oxidada). Ahí ya confirmé que Disprosio era especialito. Tanta amabilidad, tanto mensaje, tanta preocupación... Mira, rey, que te he visto 4 veces por casa y solo sabes mi nombre. Además, una ya tiene experiencia y tiene que fiarse del instinto, cuando algo da mala espina, por algo es. De nuevo le di las gracias y le dije que mis amigos y yo nos encargaríamos de eso.
Sería pedir sentido común a quien tiene el mismo que una coliflor, con perdón de las coliflores. Pero si me he venido a vivir a un país que no es el mío con la intención de buscarme la vida, quizá y solo quizá, ¿no vendría con los deberes ya hechos? De saber qué necesito, cómo buscar trabajo, dónde encontrar cosas... Habrá otros que vengan sin saber ni cómo se llama la ciudad, pero no es el caso. Luego entendería el porqué de esa actitud, condescendencia, paternalismo, el tratarme como si fuese una dama desvalida.
Pasan unos días y estando en la cocina hablando con mi compañero de casa (el normal y novio de la chica vietnamita), aparece Disprosio. Mismos andares que un zombie, silencioso, siniestro. Se sienta a la mesa, uniéndose a nosotros. Interrumpe lo que fuese que estuviéramos hablando y empieza a sentar cátedra de cómo buscar un trabajo. Ahí ya me toco la flor de loto. Quién coj*nes eres para ser tan pesado y decirme qué tengo que hacer con tanta intensidad cuando no te he pedido nada. Mis contestaciones por WhatsApp habían sido escuetas sin dar pie a nada. Pero este ser tenía las habilidades sociales de un mojón. Así que le corté y le dije que ya tenía trabajo. Se paró porque en su mente estaría intentando descifrar cómo una mujer (ser inferior a él) había conseguido un empleo sin su magnífica ayuda.
No se quedó callado, así que siguió diciendo que entonces lo que necesitaba era la bicicleta. Mismo tono de "yo soy más listo que tú". Le volví a cortar y le dije que ya había comprado una bicicleta. Se quedó parado unos segundos y soltó la grandiosa frase de "Si ya tienes trabajo y bicicleta, sólo te falta conseguir un hombre". Si las miradas matasen... Le hice la cruz. El instinto no falla. Así que le solté que no necesitaba a ningún hombre, con firmeza y tono desagradable. Mi compañero de piso, que ya le conocía, soltó "o una mujer", a lo que los dos nos reímos y Disprosio se quedó escandalizado. ¡Cómo una mujer no va a querer un hombre!
...
Y así comenzaban más de dos años de compartir casa con Disprosio. Machiruladas, condescendencia, machismo, racismo hacia los europeos, suciedad, peleas...
¡Ah! Aún a día de hoy intenta hacer contacto conmigo, pero eso será historia para otro post.
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