Más o menos habían pasado unos tres meses, pero yo tenía la sensación de que todo había ido a 200 km/h. En el trabajo me habían dicho que me iban a mandar a otro hotel de su misma cadena. (Una jugarreta sucia que da para otra entrada en el blog). Por lo tanto, mi horario fijo iba a dejar de serlo. Al final el cambio de hotel no solo implicaba una nueva ubicación, también un cambio de puesto. Seguía siendo ejecutiva de redes sociales, pero a media jornada. Y a la otra media, camarera de desayunos. Esto suponía que dependiendo del día, podía empezar a las 6 de la mañana, a las 7 o a las 8. No había una rutina, cada día era diferente, según la afluencia de huéspedes o personal que no se presentase a trabajar.
Mis mañanas eran levantarme una hora antes de entrar a mi turno, ir al baño, desayunar algo rápido, vestirme, lavarme los dientes y coger la bici para ponerme rumbo al hotel. En silencio, aún seguía dormida. Pero Disprosio... él tenía otros planes.
Yo solía ser la primera en levantarme por tener el horario más temprano. Los que estudiaban el doctorado tenían libertad para gestionarse el tiempo como quisieran, y si tenían que ir a la universidad a hacer prácticas en el laboratorio o alguna reunión, nunca era tan pronto. De modo que a esas horas no había nadie despierto, o eso pensaba yo.
En cuanto abría los ojos, iba al baño, y literalmente 5 segundos después de que yo saliera, Disprosio salía de su habitación y se metía él. La primera vez piensas que es casualidad, la segunda que puede que tengáis horarios parecidos, la tercera que quizá se haya despertado con el sonido de la cisterna... Cuando te das cuenta de que es todos los días que trabajas, sea a la hora que sea, da mal rollo.
El día que yo me levantaba a las 5, Disprosio se levantaba a las 5. Si era a las 6, a las 6. Si era a las 6 y media, él aparecía a las 6:35. No había una lógica, copiaba lo que yo hacía. Llegó un punto que era agobiante porque parecía que estaba detrás de la puerta de su habitación esperando a que yo saliera del baño para meterse él. Y efectivamente, estaba detrás de su puerta, esperando como un psicópata. El suelo cruje cuando te mueves, y no se escuchaba movimiento alguno. Me dio tan mala espina que empecé a grabar todo. Aún tengo videos saliendo del baño, quedándome en el marco de la puerta de mi habitación y diciendo "uno, dos, tres". Antes de llegar al 3, él ya había hecho su aparición estelar.
Pero la cosa no solo se quedaba en meterse al baño en cuanto salía yo, es que se aparecía como los fantasmas por la cocina. Siempre esperaba unos minutos a bajar. Que puedes decir, bueno, después de usar el baño, bajaba a desayunar, ¿verdad? Pues no, esperaba a que yo estuviera primero. Dependiendo del día y de mi humor, mi rutina cambiaba un poco. Podía salir del baño y si no tenía hambre, me arreglaba primero y luego bajaba a la cocina. O nada más salir del baño, bajar a comer porque me moría de hambre. De nuevo, él solo bajaba cuando sabía que yo estaba allí.
Me hacía mi porridge (avena y leche de soja), plátano y canela y comía en silencio mientras odiaba tener que levantarme tan pronto para ir a trabajar después de que me degradaran de mi puesto. Tanto tiempo deseando tener un trabajo, y cuando por fin lo tenía, me quejaba. Si es que nunca estamos contentos... Y mucho menos si tenía a Disprosio siguiéndome a cada lado. Como un titi, pegado al hombro.
A pesar de llevar mis "security headphones", como los llamaba yo. Este ser del inframundo intentaba iniciar una conversación cada mañana. A ver, acéfalo, no ves que llevo los cascos, que ni escucho ni quiero escuchar. Que tengo los ojos enterrados en el móvil haciendo como que no existes. Que no hago contacto visual siquiera... Pues no, lógica disprosil, tenía que insistir, demostrar lo caballero que era. Por eso tenía que dar los buenos días, con una sonrisa digna de Ted Bundy. Seguirme, copiar horarios. Hasta me decía que había agua hervida para que me hiciese un té. Cuando yo no tomaba té porque no me daba tiempo. Pero él, dale la mula al trigo.
Me planteé si dentro de su cabeza de acosador, esa dinámica podía ser una fantasía de hacer vida juntos. Levantarnos a la vez, bajar a desayunar a la misma hora, compartir desayuno sentados a la mesa... Su cerebro funciona sin sentido común, sin una lógica normal, al margen de lo establecido en las relaciones sociales. Y de lo machista que era, recién salido de la cueva, seguro que pensaba que me tenía en el bote. ¿Qué mujer no se va a derretir cuando te prestan atención? Porque eso es lo que necesitamos, atención y validación masculina.
Mis desayunos pasaron a ser en mi habitación. Era tal el agobio que Disprosio me generaba, que bajaba a hacerme el porridge y me lo subía a la habitación para poder comer allí tranquila. Pero tampoco se cansó. Si no podía hacerse el encontradizo conmigo, buscaría la forma de demostrarme que era un partidazo.
...
En casa tenemos la costumbre de que cada carta o paquete que llega y no es para nosotros, lo dejamos en la mesa de la cocina para que su destinatario lo recoja cuando vuelva a casa. Sencillo y eficaz. Pero para Disprosio era una oportunidad para "ganarse mi amor." Volvía del trabajo y si había llegado una carta para mí, la carta no estaba en la mesa, la encontraba en mi puerta, apoyada en el suelo. Le pregunté a los otros compañeros de casa y todos me dijeron que no habían tocado nada, que ellos seguían la norma de dejar las cosas en la cocina. Adivina, adivinanza...
La primera vez lo ignoré. La segunda vez que hizo lo mismo, dejando una carta a mi nombre en mi puerta, se aseguró de que me había enterado de que era él. Llego a casa del trabajo, encuentro la carta en mi puerta, me molesto, dejo las cosas y bajo a la cocina a comer algo. Aparece sigiloso y saluda con su sonrisa de no haber roto un plato. Y me dice: ¿Has visto la carta que he dejado para ti? A lo que yo le respondo seria que no toque mis cosas y que no quiero que nadie toque mi correspondencia. Se quedó como congelado, cogí mi comida y me subí a mi cuarto. En su mente no procesaba que yo no estuviera valorando sus actos heroicos. Pero es tan estúpido para preguntarme si he visto la carta. Coño, una carta blanca en el suelo de moqueta roja se ve. Tenía que entablar conversación conmigo sí o sí. Lo único es que no se esperaba mi respuesta. Se pensaría que caería de rodillas ante él y le diría que por esa carta me tenía que hacer su esposa, ¡qué hombre más increíble!
Recordemos que lo que dijese yo o mi actitud de rechazo no importaba. Él hacía oídos sordos a todo, pero especialmente a lo que cualquier mujer dijese. Semanas después del incidente de la carta, no recibí nada hasta que mi padre me envió una caja desde España. Una caja mediana, unos 10 kg. Mi compañero español estaba al tanto y cuando llegó la caja, me dijo que la había dejado en una silla en la cocina. Le di las gracias y esperé con ansias llegar a casa y abrirla.
Llegué a casa y la caja no estaba en la cocina. Subí a mi cuarto y os dejo que adivinéis qué encontré en mi puerta... ¡La caja! Decido escribir un WhatsApp a mi compi y le pregunto si él la había subido. Me responde que no, que se cagaba en todo y que había sido Disprosio. Que vio la caja en mi puerta y la volvió a bajar a la cocina. Y cuando Disprosio vió que no estaba en mi puerta, la volvío a coger y la volvío a dejar ahí.
La mala hostia me recorría todo el cuerpo. ¿Quién coño se creía este imbécil? Le había dicho a la cara y claramente que no quería que tocase mis cosas. Era imposible que respetase mis decisiones o entendiese los límites que yo ponía. Así que escribí por el grupo de casa que prohibía que se tocasen mis cosas y si me volvía a encontrar una carta o paquete en mi puerta, ardería Troya.
¿Se calmaría Disprosio? ¿Sería el fin de su cortejo? La respuesta es clara: no. Simplemente le había quitado la oportunidad de ser "caballeroso" con el correo. Pero, ya se encargaría él de buscar más formas para demostrar que era un partidazo.
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