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Disprosio: Salto a la actualidad - Parte 6

Pegaremos un salto a día de hoy, dejando a un lado las cagadas que hizo en casa, porque eso es material para otra serie de episodios disprosiles. Diré que Disprosio se marchó cuando se enteró de que la pareja se mudaba a España y yo me iba a quedar al cargo de la casa. Era tonto pero lo suficientemente listo como para saber que yo al mando lo iba a largar a la primera.

Cuando dijo que se marchaba no me lo crei hasta que no le vi sacando su ultima mierda del cuarto de Diogenes. Increíble, ¡se había largado! Quemé incienso, dejamos las ventanas abiertas durante días, limpiamos lo que pudimos... El fin de una era. ¡Vaya pesadilla!

Sin embargo, Disprosio se había marchado de nuestra casa pero no del país. A fin de cuentas, es una ciudad pequeña y te cruzas con todo el mundo. Sabía que tarde o temprano lo iba a ver. Sería la única forma de contacto porque en cuanto se fue, lo eliminamos del grupo de la casa en WhatsApp y yo lo bloqueé por si las moscas.

Varias veces lo vi por la calle y mientras yo hacía como si no le viese, él se paraba o me saludaba. Pasó todas las veces que me lo crucé. A veces se quedaba parado hasta que yo llegaba a su altura, o reducía el paso para que yo me diese cuenta de que estaba ahí. Yo seguía mi camino, no le miraba, le ignoraba, no devolvía el saludo, como si no estuviese ahí. Me saludaba todas las veces y en caso de ir por aceras diferentes, me miraba fijamente, un creepy en toda regla. ¿Creéis que se cansó? Respuesta sencilla: no. A día de hoy lo sigue haciendo.

Hace 3 días lo vi por la calle, avenida principal, ancha, él por una acera y yo por la otra, yendo en direcciones opuestas. Sus andares disprosires son inconfundibles, es como un zombie: lento como un caracol, ligeramente inclinado a un lado y mirada perdida. En cuanto le identifiqué, seguí mi camino mientras enviaba notas de voz a mis amigas (mi deporte favorito). Por el rabillo del ojo puede ver cómo mantuvo sus ojos fijos en mí hasta que pasé de largo. ¡Qué asco!

Es increíble que después de todo lo que pasó durante la convivencia, las broncas, el negarle el saludo, el no hablarle... Y que ya han pasado 3 años desde que se fue. Aún sigue saludando, parándose en la calle y esperando una mínima comunicación que por mi parte jamás va a existir. No se cansa, ni creo que lo haga, porque además (¡oh casualidades de la vida!) compartimos gimnasio.

...

Me apunté al gimnasio el mismo año que él se mudó y jamás lo vi por aquellos lares. Más tarde me tomé una pausa deportiva de unos meses porque no me daba la vida. Entre el trabajo a jornada completa que quitaba las ganas de vivir, ser profesora de baile, estar ensayando coreografías que íbamos a presentar, intentar dormir, comer y tener mis cosas en orden... No disponía de casi ningún momento libre.

Una vez se hubo relajado la cosa, me volví a apuntar en Diciembre. Sin Disprosios a la vista, todo en orden. Pero cuál fue mi sorpresa cuando un par de meses después, en Febrero del año pasado, lo vi sentado en una bicicleta estática. Un gimnasio era un lugar raro para él, sabiendo que tenía la misma agilidad que un bloque de hormigón. ¿Qué cojones hacia allí? Me daban igual sus motivos, solo me importaba que de nuevo tuviera una nueva oportunidad para estar cerca de mí y buscar la interacción. Porque eso fue lo que hizo: seguir buscándome.

Más de un año después, porque aún le veo todas las semanas en el gym, su rutina no ha cambiado. Siempre está en la bicicleta estática, pero no la que todos conocemos, sino la que tiene un asiento con respaldo. Cómodo, sin hacer fuerza, solo pedalea. Aunque en los próximos párrafos os contaré las dos únicas veces que ha probado otro ejercicio. 

Cuando entro a la sala de máquinas, ahí está él, sentado en su bici de señora, con la mirada perdida hasta que aparezco y clava la mirada en mí. Y las veces que me lo he cruzado por el gimnasio, ha hecho su jugada: pararse, saludarme o reducir el paso esperando que le devuelva el saludo. Ni de coña, gracias. Esa sonrisa de psicópata da mal rollo, no sé si pretende ser amable o dentro de su cabeza está pensando en cómo abrirme en canal y comerse mis órganos.

En una ocasión Disprosio había salido de la sala de máquinas, la puerta se había cerrado tras él y ya se marchaba hasta que vio que yo iba hacia allí. Se dio media vuelta, abrió la puerta de nuevo, la sujetó y esperó a que yo pasara. Tenía que demostrar que era un caballero, mira que se devuelve a sujetarme la puerta porque yo soy una dama en apuros. Le ignoré y le di un quiebro que ni en un concurso de recortadores. Él como un anormal, bloqueando la puerta. ¡Qué asco!

Las dos únicas veces que no ha estado apalancado en la bici han sido curiosas. La primera fue hace unos meses, estaba yo en la zona de máquinas de fuerza, casualmente en la máquina de abductores. Y veo a alguien rotando un solo brazo que parecía que iba a despegar. Disprosio, a punto de descolocarse el hombro. Supongo que estaba "calentando".  Se sentó en una máquina de brazos, dio dos tiradas y desapareció. No había otras 12 máquinas más para ejercitarse... No, no, bien cerquita de mí. Tiempo en la zona de máquinas: 2 minutos. 1 y medio haciendo el helicóptero y otro medio sentándose. 

Y la otra fue el domingo pasado. Domingo de Pascua, gym medio vacío, ideal para no tener que esperar a que se desocupen las máquinas. Voy a primera hora, hago mi rutina alternando una de brazo con una de pierna. De nuevo sentada en la máquina de abductores, veo un ser sentándose frente a mí. A Disprosio se le siente, se le intuye por el rabillo del ojo, la energía del ambiente se vuelve densa. Efectivamente, él, en la máquina frente a mí, con la mirada fija. Yo, abierta de piernas, porque así es el ejercicio, y asqueada a más no poder. Por suerte me quedaban dos repeticiones y me iba a hacer brazo. 

En esos minutos, permaneció sentado, dio 4 tiradas y se quedó ahí. Yo había acabado en mi máquina, así que cogí mis cosas y me fui a otra para trabajar brazos y espalda. Coloco mi botella, limpio el agarre, pongo el peso y Disprosio de repente está en otra máquina, al lado mío. ¿Casualidad? Por suerte, en esa máquina yo quedaba de espaldas a la gente y no tenía que ver su cara de enfermo. Pero por el rabillo del ojo vi que estuvo sentado, di un par de tiradas y se fue.

Llámadme malpensada, pero después de un año viendo a Disprosio por activa y pasiva en el gimnasio, nunca había estado en la zona de fuerza. Y justo las dos veces que ha estado, han sido unos minutos, no ha hecho apenas ejercicio, ha estado en máquinas al lado mío y mirándome como un anormal.

...

¿Sabéis lo más curioso? Que el verano pasado dejó de mirarme, durante tres meses, para ser más exactos. Y no, no es porque Disprosio tuviera problemas en la vista, es que yo iba en compañía de otro hombre. Y eso para alguien como él significa que ya tengo dueño y por lo tanto me tiene que respetar como mercancía. Nada de respetar mis límites, mis deseos, mi voluntad, a mi persona... No, no. Ya no podía mirarme ni interactuar conmigo porque simio no mata simio. 

Mi novio (un pedazo de hombre guapísimo, fuerte e irlandés) aprovechó una oferta de verano para apuntarse al gym conmigo. De modo que durante esos meses estuvimos yendo juntos. A veces yo iba sola si él estaba trabajando, pero aunque no fuese acompañada cada vez que iba, se sabía que había una figura masculina rondando.

Cabe decir que jamás nos dimos un beso o cualquier otra muestra de afecto de la que pudieras pensar que éramos pareja. Entrábamos juntos, a veces conversábamos, pero él hacía su rutina y yo la mía. Podía ser mi pareja, pero también un colega o mi mejor amigo gay. Pero a ojos de Disprosio, yo ya era propiedad de otro, por lo tanto, no me podía mirar.

Manda cojones que la unica vez que me ignora es cuando voy acompanada de presencia masculina. Machirulo de mierda. No puedes esperar nada más de ese ser. Así que cuando a mi chico se le acabó el tiempo en el gimnasio, no volvió a aparecer por allí. Disprosio esperó un tiempo prudencial por si volvía y cuando vio que no había "macho a la vista", volvió a las andadas. Miradas fijas, intentos de saludarme y hacer todo lo posible para llamar mi atención.

...

¿Es un acosador, un creepy, me hace sentir incómoda, no es ni medio normal su comportamiento? Efectivamente. ¿Es ilegal lo que hace? Por desgracia, no. Y en eso se respalda porque siempre puede decir que no me ha tocado, no me ha perseguido todo el camino, que no ha hecho nada ilegal. En el gimnasio no puedo ir a recepción a decirles que no para de mirarme y que "casualmente" está usando la máquina de al lado. Porque no hay "nada" que denunciar.

Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que lo que hace no es normal y que está obsesionado conmigo y con cualquier otra mujer con la que haya tenido un mínimo de contacto. Pero como no ha pasado ciertos límites. Pues nada, que se quede toda la vida mirándome como un enfermo o saludándome sin obtener respuesta. 

Y el hecho de ir a decirle que me deje de mirar y que haga como que no existo no funciona. Porque ya lo intenté cuando vivíamos bajo el mismo techo y nunca hizo caso. Porque mi palabra o mis deseos no son respetados porque a sus ojos no tengo valor. La otra opción, muy de chunga, es que mi novio le dijese 4 cosas, porque sería la única forma de que parase. Pero ni ellos coinciden ni somos tan bajunos de hacer eso. Y que no me da la gana de que me tenga que defender ningún hombre.

Así que nada, seguirá habiendo historias de Disprosio hasta que un día el imbécil cruce el límite y le demuestre mis conocimientos de cuando mis padres me apuntaron a karate y no a sevillanas cuando era pequeña. 

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