Ir al contenido principal

La amiga desagradecida - Parte 1

Nos conocimos estudiando la carrera, nos llevábamos bien, pero en ese momento tampoco éramos súper cercanas. Yo entraba a la universidad siendo "mayor" porque había tardado 4 años más que lo "normal". De modo que ella con 18 recién cumplidos y yo con unos 22, se podía notar la diferencia. Como pasa en muchas ocasiones, casi que nos volvimos más amigas cuando acabó la carrera que cuando la estábamos cursando. Y también, como me ha pasado siempre, soy la amiga para llorar las penas y dar consejos, no la de hacer los planes divertidos.

Ella, acorde a su edad y madurez, en ese momento estaba socialmente relacionada con gente de su quinta, su noviete y sus dramas de jovenzuela. A mí me pillaba más adulta, enfocada en los estudios y atrapada en una relación de maltrato. Así que compartíamos tiempo en clase porque nos relacionábamos con la misma gente y hacíamos trabajos grupales juntas. No fue hasta el último año de la carrera que empezamos a hablar más y ella se sintió cómoda para compartir ciertos problemas personales conmigo. 

Como he dicho antes, el hecho de ser una octogenaria atrapada en el cuerpo de una treinteañera me lleva a que me vean como un lugar seguro, donde van a ser escuchados y apoyados. A mí no me importa porque creo que hay que ser amable con todo el mundo y si son mis amigos, por ellos todo. Pero para que una relación de amistad, y de cualquier otro tipo, funcione, tiene que ser recíproca. Me costó bastante darme cuenta de que en este caso era unidireccional.

Seguimos en contacto una vez acabada la carrera, ambas hicimos un máster nada más terminar, pero en diferentes universidades. Ella siguió confiando en mí para contarme sus problemas personales y yo como amiga que la consideraba, continué apoyándola en todo lo que estaba en mi mano. Sí que es cierto que hasta hace poco y debido a los daños del maltrato, siempre he pensado que hablar de mis problemas es molestar a otra persona. De modo que si ella me contaba los suyo, yo consideraba que no podia cargarla con mis mierdas. Le contaba mis cosas, sí, pero de una forma más ligera para no incomodar.

Antes de mudarme a Irlanda, estábamos las dos en un punto muy similar: hartas de todo, con ganas de tener un futuro mejor y en la mierda emocionalmente. Y una vez aquí, le fui contando mi proceso de adaptación y crecimiento. Estuvo un tiempo dándole vueltas a la idea de venirse también. Tanto que unos dos años después de que yo me mudase, ella hizo lo mismo.

...

Casualidades de la vida, justo se quedaba una habitación libre en mi casa y le dije que si quería se la guardaba. Y que en lo que necesitase, yo le iba a ayudar. Sabía lo afortunada que fui cuando llegué y mi amiga me ayudó, de modo que yo hice con ella todo lo que habían hecho conmigo. Le guardé la habitación, le di todos los consejos que pude y le dije todo lo que necesitaba para mudarse. Vamos, que vino a mesa puesta.

Al principio la idea de vivir con una amiga me entusiasmó, pensaba que todo iba a ser más fácil por tener confianza. Y no dudo de ello, pero con ella no fue así porque jamás me vio como una amiga. Hasta la fecha, la pareja fue los únicos amigos con los que jamás tuve problemas compartiendo casa. Y eso que nos hicimos amigos durante la convivencia.

La amiga desagradecida llegó entusiasmada por el cambio de vida. Independizada de casa de sus padres, nuevo país, nuevas aventuras, nueva oportunidad para empezar de cero... Todo pintaba maravillosamente bien. Pero hay que destacar algo, cambiar de país o marcharte de tu zona de confort solo ayuda cuando estás dispuesto a cambiar.

Jamás me voy a cansar de decir que Irlanda me salvó la vida porque me dio la oportunidad de salir de mi casa tóxica, de lograr la independencia que tanto deseaba y de tener oportunidades de trabajo. Yo sané porque era el cambio que necesitaba, pero también influyó mucho el ir a terapia, trabajar mucho en mí y no tirar la toalla porque no todo ha sido un camino de rosas. Ella, por el contrario, a pesar de cambiar de aires e ir a terapia, no consiguió que sus problemas desapareciesen. 

Esta chica, por desgracia y como han sufrido muchas mujeres, tenía problemas de autoestima y muchas inseguridades. Es físicamente una muñeca, habla varios idiomas, es muy creativa, tiene una sensibilidad con los animales impresionante, deportista... Un montón de virtudes que muchas desearían, pero a sus ojos, se sentía inferior y no había forma de sacarla de ahí.

De modo que una vez pasada la euforia de empezar en otro país y todo el subidón de las primeras semanas, se dio cuenta de que no había sanado mágicamente y empezó el calvario. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Disprosio: El origen - Parte 1

Era mi segundo día en la casa compartida y apareció él, mientras yo estaba en la cocina con los otros compañeros. Un chico de 28 años, vietnamita, de cuerpo pequeño, de aspecto dejado, con una mirada que daba mal rollo, abrió la boca y dijo algo en inglés, no le entendí, pero sonreí y con educación le dije que encantada. Ahí estaba mi primera interacción con Disprosio. Durante los primeros días no hice mucho caso, ya bastante tenía encima con empezar a construir una vida en otro país, en una lengua que no era la mía, asentándome en la casa nueva y haciéndome a la nueva etapa que empezaba. Yo tenía 29 años, una carrera y un máster con honores, muchas titulaciones y muchos más aún rechazos de las cientos de empresas a las que había echado mi CV para conseguir un trabajo. Por eso me fui, con la esperanza de tener un futuro, ni siquiera un futuro mejor, solo un futuro. Una esperanza. Y de paso huir de mi hogar desestructurado e intentar salvarme a mí misma de la depresión que tenía y que m...

Disprosio: Príncipe azul al rescate - Parte 2

Después de ese día supe que Disprosio iba a ser un anormal de carrito. Sin lugar a dudas. Pero no quería decir nada a los otros compañeros de casa porque yo acababa de llegar y no quería hablar mal de nadie ni generar conflictos. Así que me desahogué con mis amigas, ellas, mi lugar seguro. Y me confirmaron lo mismo, que este ser tenía tarita.  Las semanas transcurrieron con normalidad. Yo estaba medianamente bien: trabajaba, salía con mi nuevo grupo de aquí, paseaba, comía cosas ricas y descubría cada rincón de la ciudad. No podía quejarme, la verdad. Poco a poco iba recuperándome de la depresión y haciéndome a la vida en otro país. La experiencia era positiva y yo realmente necesitaba ese escape de mi antigua realidad. Para mis amigos y seres queridos, yo era una valiente: había puesto mi vida en una maleta de 20 kg y una mochila de acampada. Sin saber si mi plan iba a funcionar o después de unos meses tendría que volver a casa de mis padres. Pero para Disprosio, yo era una mujer ...

Disprosio: Caballero y servicial - Parte 4

Cada vez tenía menos oportunidades para lucirse, ¿cómo iba a demostrar que era el macho alfa si yo no permitía el contacto? Mencionar que estoy dejando a un lado las cosas que hacía en casa, porque esas son historias para no dormir. De momento me centraré solo, como si fuera poco, en su faceta de acosador.  Sus intentos de interacción no cesaban, seguía apareciendo en la cocina cada vez que yo llegaba. Intentaba conversar conmigo cada vez que me veía. Seguía usando el baño cuando yo salía de él. De hecho, empezó a usarlo algunas veces antes que yo. Y al final yo terminaba golpeando la puerta después de media hora o incluso 40 minutos esperando a que saliese, diciendo que tenía que irme al trabajo y que dejara de acaparar el baño. Salía del baño y con su sonrisilla de imbécil decía que lo sentía. Mi repulsión hacia él no hacía más que crecer y después de varias discusiones conmigo y otros miembros de la casa, todo el mundo le evitaba. Él no sólo no cambió nada, sino que además seguí...